Escrito por: | 16/06/2018|

José Luis Fernández Fernández

La Doctrina Social de la Iglesia ha venido fraguándose durante más de cien años al hilo de la preocupación por los problemas derivados de lo que en su momento se empezó a conocer con el nombre de: cuestión social. Las cambiantes circunstancias y el surgimiento de situaciones nuevas hicieron que el magisterio fuera tomando progresivamente en consideración aspectos y problemas inéditos, que hasta entonces no habían requerido un tratamiento específico. Tal fue el caso de la elaboración de una doctrina acerca de la empresa o de los lineamientos de una visión cristiana de la misma.

 

En efecto, al igual que ocurriera con otras tradiciones de pensamiento, la Doctrina Social ha empezado a prestar atención sistemática a la empresa sólo bien entrado el siglo XX. No podía haber sido de otra manera. Ello prueba, en primer lugar, el carácter histórico y dinámico de aquel corpus doctrinal; por otro lado, refleja la toma de conciencia de la importancia que a la empresa se le ha concedido en nuestro tiempo, hasta el punto de ser considerada como una de las instituciones fundamentales de la Cultura y como instrumento privilegiado de cambio y progreso de cara al futuro de la Humanidad. Finalmente, es índice de la permanente apertura de la Doctrina a las aportaciones de las Ciencias Humanas y Sociales. En nuestro caso concreto, observaremos cómo, por ejemplo, la última Encíclica de Juan Pablo II (Centesimus Annus), evidencia una seria atención a las modernas Ciencias de la Empresa y del Management o proceso directivo, a las que incorpora a la ya centenaria tradición del Pensamiento Social Cristiano.

 

A lo largo del presente capítulo expondremos de manera genético-evolutiva las reflexiones del Magisterio respecto a la empresa, tratando de ofrecer una imagen coherente de la misma, sistematizando múltiples observaciones dispersas y algunas otras mucho más elaboradas, a la luz de los principios y constantes fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia.

 

No debemos perder de vista, ante todo, el lugar en el que hemos de ubicar nuestra consideración del tema. Dado que se trata de un aspecto central en la organización de la vertiente económica de la vida humana, habrá que ponerlo en sintonía, ante todo, con los epígrafes de esta obra que abordan problemáticas afines («Sistemas económicos», «Sindicato», «Desarrollo de los pueblos»). Y si quisiéramos precisar aún más, creo que se podría afirmar que las claves inmediatas que iluminan el problema de la empresa vienen recogidas en los dos capítulos precedentes; a saber: «El trabajo humano» y «La propiedad». Ello sea dicho, sin perjuicio de reafirmar lo obvio: que son los principios permanentes (humanismo, subsidiariedad, etc.) tratados en el Capítulo tercero, los que sirven de cimiento y dan consistencia a todo lo que la Iglesia ha venido afirmando a lo largo del tiempo respecto a la empresa como unidad productiva en la que se implican mutuamente y colaboran personas humanas.

 

Dado que estos aspectos tienen tratamiento específico en otras partes de esta obra, remitiremos a ellos en su momento. Quedando, así, nosotros, exentos de abordarlos en detalle, centraremos nuestra atención de manera concreta en lo que hace referencia puntual a la consideración que de la empresa ofrece la Doctrina, desde los tiempos de León XIII hasta la publicación, en Mayo de 1991, de Centesimus Annus.

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