Escrito por: | 12/03/2018|

Decía Julián Marías que «el cine es una recreación de la vida humana». Por tanto, si en la pantalla podemos ver la vida misma como en un espejo, saber descifrar las historias del cine equivaldría a saber interpretar la vida humana. Y, dando un paso más, eso nos llevaría a ser capaces de prever las consecuencias de adoptar nosotros mismos ciertas actitudes o realizar determinadas acciones. Más aún, podríamos prevenir, y en consecuencia evitar, no pocos de nuestros errores. Es decir, una buena película, además de entretenernos y permitirnos pasar un buen rato, podría convertirse en una lección de sabiduría, un torrente de luz sobre nuestra propia persona. Nos va, pues, mucho en adquirir el arte de ver películas, aprender a «traspasar» la mera sucesión de acciones y situaciones de una narración fílmica y llegar a lo más profundo, a la experiencia humana que encierra y que, como tal, nos resulta iluminadora y aleccionadora.

Nada mejor que reflexionar este tema sobre la base de un ejemplo concreto, de una película reciente, que llegó a nuestros cines en enero de este mismo año. Se trata de Qué fue de Brad (Mike White, 2017), una comedia capaz de hacer reír y de conmover, pero que tiene, además, un fondo humanístico importante.

Su protagonista, Brad Sloan, está felizmente casado con una mujer dulce que lo adora. Tienen un hijo adolescente muy buena persona, gozan de una situación económica desahogada y su vida en general ha transcurrido sin altibajos. Pero cuando llega el momento en que el chico va a empezar la Universidad, Brad entra en crisis existencial. Echa la vista atrás y piensa que su vida ha sido mediocre, sobre todo si la compara con sus antiguos compañeros de Facultad, todos ellos unos triunfadores: uno es un famoso director de cine; otro, un gran empresario que viaja incluso en su jet privado; hay alguno que trabaja en la mismísima Casa Blanca; y, cómo no, uno de ellos no se dedica más que a disfrutar de su fortuna, del lujo y la molicie al borde del mar, con dos bellezones a su lado.

Sin embargo él, a sus 47 años, lleva una vida monótona en la tranquila ciudad de Sacramento. De joven, lleno de ideales, fundó una ONG tecnológica, que vincula donantes y causas humanitarias. Es un trabajo lleno de sentido, porque está orientado a hacer el bien, a canalizar la generosidad de algunos en beneficio de otros más necesitados. Con ello, lógicamente, Brad no se ha hecho rico, pero la familia ha podido subsistir ampliamente y puede permitirse enviar a su hijo Troy a una Universidad. Sin embargo él no está satisfecho y se siente un fracasado.

Ahora, con su crisis a cuestas, va a emprender un viaje con su hijo para matricularlo en la universidad, lejos de casa, en la zona de Nueva York. El acontecimiento familiar es un momento propicio para revisarse y, tal vez, dar un giro al ritmo tedioso de su existencia. Finalmente, esos días de desplazamientos y gestiones van a convertirse para él en un viaje iniciático hacia la madurez personal.

Desde un punto de vista técnico, hay que decir que Ben Stiller está espléndido encarnando a un personaje inmaduro, en busca de sí mismo. El actor lleva a cabo un trabajo magnífico encarnando a un personaje tan divertido y patético como tierno y emotivo. Sabe dotarlo de una cierta comicidad, aunque sin llegar a caer nunca en el ridículo, y consigue hacerlo entrañable al mismo tiempo. La película es una comedia con un fondo de seriedad, con un importante contenido humanístico. Retrata bien lo que pueden ser las inestabilidades de la mediana edad, cuando uno percibe que se le están agotando los últimos rescoldos de juventud y empieza a percibir los primeros síntomas del declive. Mike White, el director, pone el foco en lo realmente primordial en la biografía de una persona, a menudo oscurecido por lo superfluo y fungible. Y ahí es donde radica el valor aleccionador del film: Hacer balance de lo vivido es conveniente, como evaluación crítica que sirva de punto de arranque para reconducir y mejorar la trayectoria vital, pero es fundamental que los criterios de juicio sean acertados para que no se yerre el futuro. Brad se regía por los referentes del éxito, el dinero, el poder y el placer, y mirándose en el espejo de sus antiguos compañeros, su propia vida le parecía un rotundo fracaso. La entrada de su hijo en la edad adulta y la relación directa con la auténtica realidad de jóvenes con ilusiones y ganas de esforzarse para llegar, más que a tener, a ser alguien de valía suponen un revulsivo para Brad, que, ¡por fin!, le hace mirar a lo esencial y relativizar lo secundario.

La reflexión que nos ha suscitado la película, es válida para que nos la apliquemos a nosotros mismos: Lo realmente importante en la vida del hombre sólo se descubre cuando somos capaces de mirar hacia lo alto. Si nos anclamos en el nivel de las realidades gratificantes y halagadoras, malograremos nuestra vida. Por eso Brad se sentía infeliz. La clave de la felicidad está en ser fiel a la naturaleza del hombre, llamado a amar y ser amado, a buscar el bien, la belleza y la verdad. Y llegaremos a la sabia conclusión de que bienvenidas sean las crisis si suponen un auténtico proceso de maduración.