Escrito por: | 07/11/2017|

Mientras veía la última película de Pablo Moreno, Red de libertad, como ya me había sucedido con algunas otras cintas del mismo director, concretamente Un Dios prohibido (2013), Poveda (2016) y Luz de soledad (2016), me pregunté cómo se podía conseguir que el mal apareciera en toda su crudeza y su fuerza destructiva y, sin embargo, no provocara sentimientos de ira y mucho menos de odio o de venganza en el espectador. Si recordamos el magnífico film de Marc Rothermund, Sophie Scholl. Los últimos días la experiencia es bien distinta (Puede verse un análisis del mismo en mi libro Seguir educando con el cine, publicado en Digital Reasons). Tanto como Sophie nos conmueve, sus verdugos nos repugnan hasta las náuseas. Sin embargo, sin subestimar la gravedad -y eso es muy importante tenerlo en cuenta- de la perversidad de una ideología como el nazismo ni de los crímenes horrendos que llevaron a cabo unos hombres con la cruz gamada en el pecho, Red de libertad no despierta en el espectador deseos de revancha.

La acción de la película se sitúa en la región de Lorena, en Francia, en los inicios de la Segunda Guerra Mundial. En 1871, el territorio -junto con Alsacia y parte de los Vosgos- había sido anexionado a Alemania por el Tratado de Frankfurt, que puso fin a la Guerra franco-prusiana. Pero en 1919, al final de la Gran Guerra, fue reintegrado a Francia por el Tratado de Versalles. Para evitar una nueva invasión, los franceses construyeron en la frontera franco-germánica una muralla fortificada, la llamada Línea Maginot que de poco sirvió, pues, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Lorena fue una de las primeras zonas invadidas por el ejército alemán, el mes de mayo de 1940. De nuevo la región sería recuperada para Francia por el ejército aliado, en 1944.

En esa época de principios de los cuarenta, Sor Helena Studler, hermana de las Hijas de la Caridad, se dedicaba a acoger y atender huérfanos y abandonados, en el Centro que la Orden tenía en Metz, capital de Lorena. Con la entrada de los nazis, la situación de la ciudad se volvió especialmente tensa y difícil. Si las circunstancias del trabajo asistencial de las Hijas de la Caridad eran duras, bajo las botas de los alemanes se habían convertido en dramáticas. Sor Helena descubrió que cerca de Metz los nazis habían instalado un campo de concentración en el que se trataba a los hombres como a bestias, sin ninguna consideración por su dignidad. Con admirable coraje, rayano en la temeridad, esa mujer, vistiendo su hábito, se atrevió a dirigirse a los oficiales alemanes para reclamar respeto hacia los prisioneros. Pero no conforme con los exiguos resultados obtenidos, con la colaboración de sus hermanas religiosas y de algunas personas de su ciudad, fingió pertenecer a la Cruz Roja para poder entrar en el campo y aliviar las carencias y sufrimientos de los prisioneros. Más aún, el horror de tanta crueldad inhumana por parte de los invasores y de tanto dolor y humillación en los oprimidos, la lanzaron a una empresa todavía más arriesgada que fue crear un grupo clandestino llamado Red de libertad, con un grupo de vecinos de Metz, en colaboración con la Resistencia, para organizar fugas de prisioneros. La historia atestigua que con su iniciativa se llegaron a salvar la vida de más de dos mil prisioneros.

Ya en ocasiones anteriores Pablo Moreno nos había sorprendido con sus producciones, pero ahora se ha lanzado a una historia de la Segunda Guerra Mundial, con oficiales nazis y partisanos franceses (entre ellos aparece el mismísimo François Miterrand). Esto supone decorados, un tren de la época, uniformes de soldados y oficiales alemanes…  No ha debido de ser una empresa fácil, pero ya sabemos que ese cineasta no se arredra por la escasez de medios cuando se le presenta un proyecto que le inspira. El personaje de Sor Helena Studler es realmente apasionante. Moreno, director y guionista, ha podido contar con documentos interesantes, como el diario de la religiosa, o las Actas del juicio al que la sometieron los alemanes, que le han permitido ser fiel a la realidad. Y ha contado la historia muy bien, como suele hacerlo, aunque en este caso el guion no era nada fácil, porque el biopic de un personaje relevante por su talla humana y sus acciones extraordinarias siempre corre el riesgo de escorarse hacia una hagiografía. Pero Pablo Moreno ha tenido el acierto de hacer un retrato contenido. Ha presentado a una mujer incondicionalmente generosa, muy valiente y decidida, aunque sin ocultar que algunas de sus decisiones tuvieron malas consecuencias, como que la madre superiora llegó a ser internada en un campo de concentración después que Sor Helena propiciara la fuga de un general francés. Con la misma moderación ha tratado a los «malos» de la historia, los nazis. Eso no significa que en la película frivolice ni disimule el horror del régimen de Hitler, sino que deja siempre una luz de esperanza, porque, en el peor de los infiernos, pudo haber hombres que conservaran un rescoldo de humanidad, en el mismo reducto del mal más acérrimo, pudo haber seres no perversos, soldados que estaban ahí porque no habían tenido otra opción, pero que ellos mismos no eran asesinos ni disfrutaban con la inhumana crueldad del sistema.

Pero lo más importante, es que el espectador se identifica tanto con Sor Helena, que ve siempre la situación a través de sus ojos, ojos limpios e inocentes. Esa monja valiente y llena de bondad dedicó todas sus energías a defender la causa del hombre, su misericordia la llevó a actitudes heroicas para salvar a las víctimas. En una actitud así, no cabía desperdiciar ni un ápice de sus energías ni de su inteligencia para vengarse y, sobre todo, una mujer como ella, cimentada en una inquebrantable fe en Cristo, sólo podía tener una mirada de compasión hacia personas tan pervertidas, hundidas en el cieno y desfiguradas por la maldad. Sor Helena Studler siguió el consejo de Pablo de Tarso, «No te dejes vencer por el mal; antes bien vence al mal con el bien» y éste es el regusto que deja la película: el mal es fuerte y arrollador, tiene una gran capacidad destructiva, mientras que el bien es suave como la brisa, pero al final, si uno no cae en la trampa de querer vencer al mal con sus mismas armas, es decir si no se degrada a su mismo nivel, el bien, como la verdad, siempre acaba imponiéndose.

No podemos hacer referencia a la película sin nombrar a su protagonista, una figura estelar del cine, la actriz internacional Assumpta Serna. Tiene más que demostrado su arte de interpretar papeles de registros totalmente diferentes y dotar siempre a sus personajes de credibilidad. Y una vez más, ahora como sor Helena, está realmente magnífica, se mete perfectamente en la piel de esa religiosa impulsiva e intrépida, incapaz de permanecer indiferente ante el sufrimiento y la injusticia, y nos acerca un personaje que rezuma humanidad y verdad. Y no podemos decir menos de todos los miembros del elenco, que realizan también un trabajo actoral digno de encomio.

Red de libertad es cine de verdad, del que conecta con el espectador, se ve con gusto, llega al corazón y  nos transmite una gran lección de vida: al mal se le vence con el bien.