Escrito por: | 05/11/2017|

Acabo de regresar de una reunión de la Academia Pontificia de las Ciencias sobre “Salud del Planeta y Salud de las Personas”. El encuentro ha sido muy interesante, con el aliciente añadido de celebrarse en la sede de la Academia, la Casina Pio IV, en plenos jardines vaticanos. El encuentro ha tenido el valor añadido de juntar a especialistas muy variados de muy distintos países, tanto en el ámbito de las ciencias naturales como sociales. Además ha contado con la participación de algunos líderes políticos (el gobernador de California, el de San Luis en Argentina, el Ministro de Medioambiente chileno y algunos congresistas estadounidenses).

El tema más destacado ha sido la revisión de los impactos del cambio climático y la contaminación sobre la salud humana. A partir de un amplio informe de la Organización Mundial de la Salud y de una comisión específica promovida por la prestigiosa revista Lancet, se han ido revisando algunas manifestaciones de esos impactos, particularmente los derivados de la contaminación del aire que afecta a la mayor parte de las grandes ciudades, de modo singular en los países en desarrollo. Además de las enfermedades respiratorias, mejor conocidas, se ha puesto énfasis en las ligadas a la circulación de la sangre (infartos, ictus cerebrales,…), que causan más de 4 millones de muertes anuales. Los principales agentes de esa contaminación son los compuestos derivados de la combustión de las energías fósiles más contaminantes (carbón, diésel, gasolina con plomo), que causan la emisión de partículas sólidas, y de oxídos de nitrógeno y

sulfuro, precursores del ozono troposférico.

Además, se han revisado los impactos actuales y previsibles del cambio climático sobre la salud, tanto en lo hace referencia a fenómenos climáticos extremos (olas de calor, sequías, inundaciones), como a su impacto en la seguridad alimentaria, las reservas de agua, los vectores de transmisión de enfermedades o el incremento del nivel del océano.  Estos impactos se están observando ya y afectan a las población más pobres y vulnerables, precisamente los que menos impacto directo tienen en el origen del problema.

La causa común de la contaminación aérea y del cambio climático es el uso de combustibles fósiles, por lo que la recomendación primaria del encuentro es aumentar el esfuerzo para “decarbonizar la economía”, aumentando la eficiencia por un lado (ahorro energético) y por otro promoviendo las energías de baja emisión, principalmente las renovables. Junto a esto, deberíamos fomentar los sumidores naturales de carbono (a través de la reforestación y la recuperación de tierras degradadas) y seguir avanzando en tecnologías que permitan atrapar parte del CO2 acumulado en la atmósfera hacia su almacenamiento geológico.

El encuentro ha valorado también la gran contribución de los líderes espirituales al cambio necesario para adaptar nuestro estilo de vida a un marco que considere los impactos ambientales de nuestro consumo, transporte, forma de vestir o alimentarnos. Se ha subrayado de nuevo la relevancia de la encíclica <Laudato si> como catalizadora de esta dimensión moral y espiritual, tan imprescindible para que el cambio del actual modelo social y económico tenga la profundidad requerida.