Escrito por: | 09/08/2017|

Siempre me han sorprendido la coincidencia de tópicos sobre la institución escolar. Personas de diversas condiciones culturales, políticas o económicas suelen expresar parecidas opiniones sobre sus años en la escuela o en los centros de enseñanza secundaria. Generalmente mencionan el aburrimiento, el autoritarismo, el trabajo inútil (normalmente memorístico) y, sobre todo, la lejanía de lo que se aprendía con la auténtica vida -la de verdad, la de fuera de las aulas-. Si el gris era el color propio del colegio, representado por un insignificante maestro que solo se interesaba por el orden, la vida se mostraba con alegres colores ante los rostros adolescentes de los alumnos.

Stefan Zweig refleja de este modo la escuela del siglo XIX que él padeció:

 toda mi época escolar no fue sino un aburrimiento constante y agotador que aumentaba de año en año debido a mi impaciencia por librarme de aquel fastidio rutinario. No recuerdo haberme sentido «alegre y feliz» en ningún momento de mis años escolares -monótonos, despiadados e insípidos- que nos amargaron a conciencia la época más libre y  hermosa de la vida, hasta tal punto que, lo confieso, ni siquiera hoy logro evitar una cierta envidia cuando veo cuánta felicidad, libertad e independencia pueden desenvolverse los niños de este siglo.

El siglo al que se refiere Zweig es el XX. Sin embargo, los niños que exhibían tanta felicidad, alegría y libertad en la escuela del siglo pasado, cuando crecieron, decían cosas muy parecidas a las de Zweig.

¿Realmente el colegio y el instituto producen tristeza y aburrimiento? Lo contrario es la alegría y la diversión. ¿Qué significa una escuela alegre y divertida?

Tristeza y aburrimiento son afectos humanos que sólo de modo analógico podemos transferir a instituciones sociales. He de reconocer que siempre me ha sido muy difícil entender juicios tan severos sobre nuestros años escolares. Naturalmente que en las largas horas de colegio hay aburrimiento, pero también otros muchos afectos: simpatía, alegría, camaradería, curiosidad, etc. Pero sólo queda lo peor, que ciertamente existe. Disfrutamos cuando hablamos sobre aquel profesor que nos hacía la vida imposible, pero apenas mencionamos lo que nos enseñó aquél otro que nos ayudó tanto por su modo de enseñar o, simplemente, por su modo de ser.

El mito de la escuela gris, memorística, aburrida y autoritaria ha sido creado interesadamente por corrientes  que hacían de la renovación pedagógica un banderín político. Rocé esta cuestión en mi libro S.O.S. Educación. Raices y soluciones a la crisis educativa. Es verdad que la escuela que yo viví -la que se configuró sobre la base de la Ley de Villar Palasí, de 1970- era mediocre, aburrida y gris. Pero en ella conocí a Don Julián que, con sus clases de Historia de la Filosofía, hizo que me decidiera estudiar Filosofía  en vez de Ingeniería de Telecomunicaciones. En ella, con esfuerzo, empecé a amar el castellano y antes de que existiera la llamada escuela inclusiva, tuve como compañero en un colegio religioso  a un chaval cuyo cuerpo estaba retorcido desde la cabeza a los pies y al que cuidábamos con delicadeza todos nosotros. Su enfermedad degenerativa nos unía a él y nos enseñaba la importancia de la amistad.

Los mitos son siempre falsos. No porque lo que afirmen sea incierto, sino porque pretenden que es verdad sólo aquello que afirman. La vida es infinitamente más rica.

Me resulta imposible creer que la escuela no tuviera algo que ver en el amor por la libertad y la grandeza de espíritu que  demostró Zweig antes de su suicidio.