Escrito por: | 16/07/2017|

El terrorismo es una amenaza real entre nosotros y desgraciadamente son frecuentes las noticias sobre atentados sangrientos que nos hielan el alma. Los poderes públicos tienen el deber de proteger la seguridad de los pueblos y a ellos les compete organizar y llevar a cabo la defensa frente a esos terribles ataques. El Catecismo de la Iglesia Católica (2309) enseña que la legítima defensa es una obligación legítimamente moral siempre que: 1) El daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto. 2) Todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces. 3) Se reúnan las condiciones serias de éxito. 4) El empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

Sin embargo, la aplicación de un principio ético puede a veces no resultar suficientemente claro como para iluminar la mejor decisión que deba ser tomada. Esta realidad es la que plantea el cineasta sudafricano Gavin Hood en su película Espías desde el cielo (Reino Unido, 2015), que trata del dilema ético sobre la licitud de ciertos medios para neutralizar a los terroristas en una circunstancia concreta.

Un grupo de peligrosos terroristas, que acaba de reivindicar terribles masacres en dos recientes atentados, son por fin localizados en una casa de Nairobi, en Kenia. Las fuerzas especiales están listas para intervenir, pero en el último minuto, los sofisticados sistemas de vigilancia a base de drones ponen al descubierto la existencia en el edificio de poderosos explosivos que van a ser utilizados en otros dos inminentes atentados suicidas. La misión para capturar a los cerebros terroristas debe, pues, ser abortada. La alternativa a cogerlos vivos es eliminarlos lanzando un potente misil Hellfire sobre el objetivo. Políticos y militares discuten sin saber qué deben hacer, pero el tiempo se acaba y los dos terroristas suicidas llevan ya colocados sus chalecos mortíferos y están listos para actuar. La tensión es máxima y la cosa se complica todavía más cuando en las proximidades de la casa aparece una niña que instala su pobre puesto para vender pan. Este hecho provoca un debate internacional –del cual inevitablemente participa el espectador–, porque detener la operación para salvar la vida de la niña supone que los terroristas podrán salir de la casa hacia sus respectivos objetivos y, probablemente, cientos de personas morirán como consecuencia de su acción. Mientras tanto, un agente local arriesga la vida por tratar a la desesperada de alejar a la pequeña del lugar.

La coronel Katherine Powell (una extraordinaria Helen Mirren) dirige la operación, en relación constante con su superior, el general Frank Benson, con los pilotos que controlan los drones desde la base en el desierto de Nevada, y con políticos indecisos sobre qué nivel de daños colaterales es moralmente aceptable para poder dar el visto bueno a una misión tan arriesgada y destructiva. La discusión avanza contra reloj en busca de una decisión urgente, que nadie se atreve a tomar, al mismo tiempo que el espectador, que participa plenamente del dilema, se va formando su propia opinión. Pero, cuando le parece que ya tiene claro qué deberían hacer, de momento surge otro argumento que le obliga a replantearse su postura. Es decir, las dudas y la dificultad para tomar una determinación éticamente convincente se dan tanto en la mente del espectador como en los personajes que deben tomar la decisión de lanzar o no el misil Hellfire. Y mientras tanto, los minutos pasan inexorable y angustiosamente, no queda tiempo para más dilaciones, los terroristas van a salir y la niña sigue allí vendiendo su pan.

Es una película que interpela, porque obliga a reflexionar y a tomar postura sobre lo que es moral hacer en nombre de la lucha contra el terrorismo, desde un punto de vista militar y político. Y lo que le presta mayor zozobra y desasosiego es pensar que no se está tratando de algo imaginario, no es ciencia ficción, ni concierne sólo a países lejanos, como ha quedado trágicamente patente en los atentados de las torres gemelas, de Madrid, París, Bruselas Londres… Espías en el cielo remueve las conciencias porque nos pone frente a la necesidad de que la defensa del hombre y de la civilización se marque líneas rojas que no se deben nunca traspasar si no queremos despeñarnos al mismo nivel de maldad que las atrocidades que queremos erradicar. Pero, al salir del cine, la gran pregunta es: ¿Dónde deben situarse esas líneas rojas? Y en la circunstancia concreta de la historia de los drones, ¿cuál hubiera sido la decisión correcta?