Escrito por: | 07/06/2017|

El presidente Trump ha cumplido, una vez más, los peores pronósticos de su agenda electoral y saca a EE.UU. del acuerdo de Paris sobre cambio climático. La decisión me parece enormemente desafortunada para el liderazgo efectivo que ese país ejerce en el mundo, con un impacto político y económico que no acierto a entender cómo puede obviar la Casa Blanca. Ser líder es marcar un camino que otros países reconozcan como beneficioso a medio o largo plazo, aunque a corto suponga sacrificios. Buscar el beneficio personal nunca ha sido característica del líder, sino del tirano, de quien usa a los demás para sus propios intereses. Me parece triste que el gobierno de EE.UU. haya elegido esa senda. Además, en el caso concreto del acuerdo de Paris, creo que se trata de una actitud éticamente indefendible. EE.UU. ha sido hasta hace pocos años el país más emisor de gases de efecto invernadero, y sigue estando muy por encima de la mayor parte de los países del mundo en emisiones per cápita. Es obvio que uno de los países que más ha contribuido a crear el problema no puede mirar a otro lado, por un lado negándose a reconocerlo y por otro ninguneándolo. Rechazar el acuerdo de Paris bajo el pretexto de que afecta a los intereses nacionales es de un egoísmo de miras muy cortas, que va a repercutir en la concepción que los demás países tengan de los responsables del problema. El presidente debería explicar qué papel tiene en sus decisiones el lobby de los combustibles fósiles. Nombrar el presidente de Exxon, una de las principales petroleras, secretario de estado, y al del consorcio de extracción de gas por fracking como director de la Agencia de Medio ambiente no presagiaba nada bueno.

EE.UU. intentó primero boicotear la ratificación internacional del protocolo de Kioto (que entró finalmente en vigor gracias al apoyo de Rusia), fue uno de los tres países que no lo firmó (aunque muchos de sus estados e industrias sí han intentado cumplirlo), y ha perturbado las negociaciones para su ampliación, alegando que las economías emergentes también tenían que hacer compromisos de reducción de emisiones, o de lo contrario el acuerdo no sería eficiente. Ciertamente así es, pero las responsabilidades en este tema no son compartidas: quienes acaban de iniciar sus emisiones no tienen la misma culpa que quienes llevan más de dos siglos haciéndolo. FEE.UU. consiguió su propósito y en Paris todos acordaron establecer compromisos no vinculantes y ha sido en parte responsable de que el acuerdo final sea un pacto de mínimos. Si ahora decide salirse unilateralmente de un convenio que han firmado más de 200 países para un problema que a todos les afecta, su responsabilidad moral y política será muy elevada.

Cualquier persona que conozca el origen y la gravedad de las posibles consecuencias del cambio climático no puede sentir más que perplejidad e indignación ante la posición del gobierno norteamericano. En esta cuestión estoy convencido de que una gran cantidad de ciudadanos estadounidenses sentirán vergüenza ante la decisión de su presidente. Tengo muchos colegas trabajando en ese país sobre la base científica del cambio climático y todos han manifestado su oposición a las políticas ambientales de Trump. Estoy seguro también que muchos empresarios y políticos estatales y locales no van a secundar las políticas de su presidente, y de que EE.UU. seguirá reduciendo sus emisiones per capita en las próximas décadas, pero no con el empuje político y no a la velocidad que exige el problema. Conviene recordar que catorce de los quince años más calientes de la historia instrumental (desde 1881) se han registrado en los últimos quince (sólo hay que añadir 1998), que el océano ártico ha reducido el hielo disponible al final del verano en más de cinco veces el tamaño de España desde 1981 hasta aquí, y que se estima que Groenlandia pierde unas 144.000 millones de Tm de hielo anualmente. Por otro lado, el aumento de la densidad de CO2 en la atmósfera es un hecho absolutamente incontrovertido (de 280 en el s. XIX a 400 ppm), y los modelos de cambio futuro, con las tendencias actuales, apuntan en una dirección muy, muy, preocupante.

Es un problema global que no puede solucionar un país, ni un conjunto de países empeñados en ello, como es el caso de los miembros de la Unión Europea. Necesitamos el esfuerzo de todos y lo necesitamos con rapidez. El tiempo para cambiar las trayectorias de emisiones se nos está acabando si no queremos entrar en una franja de incremento de temperatura que puede tener consecuencias muy graves para el ambiente del planeta. Sería estúpido negar el problema o no poner los medios que estén a nuestro alcance para solucionarlo. Solo tenemos este planeta, que compartimos con otros seres humanos y con otras criaturas. De lo que hagamos ahora dependerá su propio futuro y el nuestro.